19Septiembre2018

En cartelera: El legado de Bourne. Crítica de Cine.

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Quizá deberíamos acostumbrarnos a recibir bofetadas en la cara más a menudo. Últimamente es complicado encontrar una pretendida película seria en la que uno no salga de la sala pensando que ha perdido el tiempo y el dinero.

Después de todo, si consideramos la triología de Bourne como una más que decente serie de películas de acción, que fue capaz en cierto modo de renovar los aires del género con unas escenas bien rodadas y unas persecuciones por estrechos callejones bien conseguidas, uno confía en que la cuarta entrega, aun cambiando el protagonista y el director (antes guionista), piensa que, aunque baje algo el listón, lo que va a ver debería aportar cierta continuidad a lo anterior. Nada más lejos.

Si en los anteriores films nuestro protagonista se encontraba en la dicotomía de descubrir su verdadera identidad al tiempo en el que huía tratando de salvar su vida, en esta entrega el leiv motiv del protagonista es tan sencillo como el mecanismo de un botijo: "corre o muere".

Para empezar, si el espectador no está al tanto de las anteriores Bourne que Matt Damon protagonizaba, se perderá entre las interminables parrafadas burocráticas de los diferentes departamentos de inteligencia norteamericanos. Si a esto le sumamos que durante los 20 primeros minutos el director juega a un extraño e innecesario ejercicio de "a ver cuanto podemos mover la cámara durante una simple conversación" tan inútil y desconcertante que solo provoca rechazo e incomodidad visual (afortunadamente se ve que alguien le leyó la cartilla pasado ese tiempo de metraje) y posiblemente con diferencia, la peor y más calamitosa persecución de coches y motos por las calles de Manila en la que, os aseguro, absolutamente nadie verá ni entenderá qué demonios es lo que está pasando, tenemos entre manos un producto mediocre en el que se tiene la sensación de que se podía haber hecho una gran película de entretenimiento en lugar de este bodrio.

Uno mira el reloj y los minutos siguen pasando, sin fin. A las dos horas el aburrimiento es tan grande que surgen en tu cabeza interrogantes existenciales del tipo ¿Qué hago aquí? ¿En qué estoy malgastando mi vida?

Lástima que los amantes del cine no tengamos remedio, y volvamos una y otra vez a las salas aunque nos sigan abofeteando.

Háganme caso. Si puede, evítela. Aguante hasta que esté de oferta en el videoclub de su barrio. No merece ni un euro más, ni dos horas de su tiempo.

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