La sociedad ante el poder manipulador de la información

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Siempre he considerado que la Economía tiene un fuerte componente psicológico; su tendencia en gran medida viene determinada por el estado anímico y por los valores culturales de la sociedad. El ser humano vive continuamente, sin tener real conciencia de ello, determinando los ciclos económicos de su área mediante las decisiones que acomete diariamente. Esta capacidad siempre ha sido objeto de estudio debido a su volatilidad e incertidumbre según la incidencia de múltiples circunstancias del entorno; y es esta variabilidad la que impedía tener el sistema bajo control y que obligaba a los gobiernos a acometer acciones que le permitieran controlar y dirigir en la medida de lo posible las actuaciones de la sociedad. La era de la información, la del progreso tecnológico y de la proliferación de los medios de comunicación ha abierto una nueva perspectiva sobre la sociedad; una visión activa sobre los individuos con el objetivo de actuar sobre ellos de inicio para reducir la desviación de sus acciones al mínimo disminuyendo así esa incertidumbre. Y en este nuevo panorama son las empresas las que han comprendido que es mejor actuar sobre el mercado antes de que lo haga él.

En el sofá del hogar, en la parada de un autobús, en el puesto de trabajo... en cualquier lugar, la información invade la percepción de la realidad de los individuos, influenciando enormemente el campo de actuación de éstos. Por tanto la sociedad actual, sin realmente ser consciente de ello, ha delegado sus valores, costumbres y creencias en un sistema de información dirigido por un sinfín de empresas; y no gracias al uso de la publicidad subliminal, sino más bien a un bombardeo abierto y directo de información desde tantos sitios y de tal magnitud que el ser humano, ante la incapacidad de asimilar ni siquiera una mínima parte, adopta una actitud pasiva y de remisión.

Pero esta situación no es fruto de la casualidad por un descontrol del sistema, es más bien una actuación dirigida y coordinada por industrias cuyo fin es la actuación en la raíz de la sociedad para obtener de ella el máximo beneficio y la mayor satisfacción para inversores y accionistas.

Prueba de ello es comprobar cómo ha evolucionado el estilo de nuestras vidas en tan poco tiempo: ahora la sociedad está netamente dirigida hacia el éxito profesional bajo un ecosistema de elevada competitividad y elevadas expectativas de nuestro entorno hacia nosotros: ocio, trabajo, éxito, apariencia física, realización personal, etc son factores que juegan actualmente un papel fundamental para obtener el visto bueno de nuestras vidas. Por tanto no hay tiempo para someter a juicio otros hábitos, otrora importantes, y que ahora han quedado relegados por falta de espacio, tiempo y reconocimiento social al no reportar valor en nuestra imagen externa. La sociedad es más que nunca vulnerable en un hábitat de información donde es fácil perderse y en donde cualquier guía es bien recibido con tal de que lleve a la añorada sociedad del bienestar.

Las empresas lo saben, fundamentalmente porque son las responsables de este ritmo frenético, egocéntrico y vacuo de contenido; y establecido este orden, solo queda actuar y como prueba dos ejemplos:
En el sector de la alimentación las empresas coordinadas con numerosos estudios de dudosa imparcialidad establecen un mercado de productos y servicios ideales para conseguir la felicidad y la longevidad ideal. Un compendio de compras imprescindibles y bien dirigidas para hacer sentir al individuo que hace lo correcto cuando realmente lo que está haciendo es puro consumismo sin más beneficio que el que le podría reportar un alimento tradicional y natural. Productos enriquecidos, con miles de componentes beneficiosos, etc han sido instaurados en las cestas de la compra con la creencia de que son necesarios cuando los únicos resultados demostrables en ellos son un gasto económico absurdo y múltiples ingredientes perjudiciales para nuestra salud. Por tanto se ha creado consumo sobre el consumo y con un poder de influencia tal que en época de crisis estos hábitos de compra perduran en el tiempo.

En el sector de los ansiolíticos y antidepresivos, las farmacéuticas son otro ejemplo de capacidad para incidir en nuestros hábitos de vida incentivando la medicación por parte de los médicos y presionando para que se aumenten, de manera desproporcionada a veces, el número de patologías y sus síntomas, eso sí, siempre bajo el lema de supuestos beneficios a la sociedad. Y es que desde hace una década se ha disparado el consumo de estos productos de manera exponencial con el fin de tratar en la gran mayoría de los casos periodos transitorios de tristeza, ansiedad, depresión, duelo, miedo, frustración, etc cuya cura se debería centrar en terapias y actividades físicas determinadas. Ante una sociedad inmersa artificialmente en un ritmo sin tiempo y orientada totalmente al éxito, la tolerancia a estados negativos en nuestras vidas y la lucha por su superación se han convertido en acciones cuanto menos imposibles de acometer; la solución pasiva es lo más rápido a pesar de que esos medicamentos, con todos sus efectos secundarios a corto y largo plazo, solo sirvan para mitigar los síntomas y no para realmente hacernos superar esos momentos. Ahora cualquier síntoma es objeto de medicación, da igual la edad del paciente y su circunstancia; la sociedad, los médicos y las farmacéuticas funcionan como si un hilo les uniera.

Con todo esto, la conclusión que se puede extraer es que los individuos, elementos clave en el devenir de la economía, están cada vez más expuestos a la manipulación de sus hábitos, creencias y valores. Cada vez existe un mayor conocimiento de las reacciones del mercado ante determinadas acciones y las empresas por tanto son capaces de crear herramientas más eficientes, más intrusivas en nuestras vidas y con una capacidad para reconducir los actos de la sociedad cada vez mayor. El objetivo ya no se centra en convencer al consumidor para ganar mercado, es mejor cambiar su modo de vida para crear artificialmente unas necesidades a los bienes y servicios que disponga la empresa. Se quiere convertir la economía en algo predecible y manejable y para ello lo mejor es formar una sociedad homogénea y que responda a unos patrones preestablecidos: un ejército monótono y átono de consumistas infelices en la eterna búsqueda de una felicidad impuesta y no sentida.

Como consejo y aunque parezca imposible entre tantas preocupaciones, prisas, frustraciones, éxitos a conseguir, etc lo mejor es simplificar nuestros conceptos, respirar hondo, pensar las cosas dos veces y salir a hacer un poco de deporte. Es lo mejor para nuestra salud y nuestra economía.

Alejandro García-Ortega Morales: licenciado en Economía y con dos maestrías en fiscalidad y MBA. He trabajado como asesor financiero y como gestor comercial de empresas.

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