Automático

car wash
Es un botón perfecto en su redondez. Y enorme. Tan grande que para pulsarlo hacen falta varios dedos. Quizá toda la mano. Una pequeña luz roja parpadea en su corazón. Si accionas el botón, la luz se apaga y enseguida oirás susurros de presión arañar cada metro de manguera. A tu disposición tienes dos minutos y veinte segundos de agua jabonosa. Inalterables caudal y tiempo. Aunque te da tiempo de rodear el coche. Y borrar cada partícula de sucio. Ahora llega el turno de ese segundo botón. El que aclara. Cuando las gotas pulverizadas ya cuartean mis gafas. Dura sólo un momento, pero de repente me apareces deconstruida: aquí veo moverse uno de tus brazos sin pulseras, allí tu pierna derecha, justo debajo del goterón que difumina tu cabeza, al menos su mitad izquierda. Te disfruto convertida en turístico cubismo de gasolinera, pero sólo dura un momento. Porque finalmente hay que escoger entre el encerado/brillo o decantarnos por un baño de agua osmotizada. Y nos miramos como quien sopesa el destino de una vida. No sé qué decir. Ni tú decidirte. Los dos últimos botones parpadean impacientes mientras nuestra tarde constela tus ojos. Presiento que toda decisión será fatal. Por eso yo voy siempre al túnel de lavado automático.

Si quieres leer otros cuentos, visita el blog El periodista salvaje:

http://elperiodistasalvaje.blogspot.com.es/

 

Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerle una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios el usuario acepta el uso que hacemos de las 'cookies'. Ver texto legal