paulgustave

Bufandas para el invierno

No se llamaba Leonor, aunque se aparecía en mis sueños cada noche y me dedicaba las más dulces palabras. Y esa madrugada de invierno, arropado por la sábana y varias mantas, a punto ya de caer dormido, ella comenzó a hacerse visible frente a mis ojos cerrados: vestía de amarillo, rostro cincelado en seda. Sabía lo primero que dirían sus labios pero de igual forma me coloqué a su vera, vi que con una mano se cogía la otra, para disfrutar de aquella encantadora voz: Zzzzzzzzzzzz. Un zumbido; había proferido un zumbido y, cuando aún no había salido de mi extrañamiento, ella lo repitió y esta segunda vez el sonido fue más largo: Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
casarelatosalvaje

Ciudades

La taza espera cerca de los labios. Es la tercera vez que Marta intenta dar un sorbo que nunca llega, retrasado por las continuas risas. "Qué cara ha puesto, madre mía", y vuelve a proferir una gran carcajada. Juan, sentado a la mesa frente a ella, la observa y ríe contagiado. "Ese camarero jamás había visto a dos glotones así", acierta a pronunciar de forma entrecortada mientras deja caer sus gafas para secarse las lágrimas. Marta descubre que ella también está llorando y eso hace que ría de nuevo. "Menudo par", susurra cuando se calma. Ambos quedan unos instantes en silencio y ahora sí consiguen beber, aunque muy poco porque al mirarse no pueden contener otro arranque de risotadas.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
Rush Street Bar

Noches de viernes

Mecido por la música, flota en espirales de humo gris, azul a ratos. Ante ti, la fe, tu copa y un cenicero. Cómo no reconocer esa sensación, qué nombre darle. Toco el piano, te dice. Resulta encomiable, lástima que lo hayas oído demasiadas veces. Te sobrepones y esbozas para ella esa sonrisa de viernes por la noche. Tan estimada se siente que de su boca escapan nuevas palabras como fantasmas, cristal o caricia. Sin tiempo para atraparlas, se evaporan en el aire viciado del bar. Desde lo alto de la banqueta de la que se ayuda, afanado en derramar pétalos ligeros como gotas de lluvia sobre cada mesa, el camarero también ha de verlas esfumarse entre notas y ruido. Tal vez él sí sepa ponerle un nombre a este momento, te consuelas mientras observas que entre aplausos va de conocido en conocido, felicidad hecha carne y hueso.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
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Distracciones fotográficas

Se encuentra en el acto de lanzamiento de su primera novela y las cosas no podrían irle mejor. Acaban de presentarle a una prometedora fotógrafa y juraría que se ha enamorado. La librería rebosa público y todo lo que oye son aplausos, vítores y halagos para él y su obra. Entonces uno de los asistentes abandona su butaca y lo descalifica a gritos: "Falso, copión, puto sinvergüenza; robaste mi historia". La acusación de plagio dispara la tensión entre el respetable.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
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Acerca de un escritor zombi

No escribió nada de valor hasta que una mañana de invierno hundió ambas manos en su pecho y se arrancó el corazón. La ausencia de aquel peso, esa sensación de sobrecogedora nada, y la estrafalaria visión de aquel órgano latiendo ante sus fascinados ojos le inspiraron para dar forma a un contundente relato que semanas después de su concepción ganaría el certamen de texto breve más reputado de la ciudad, 'La antena del picudo rojo'. Y así, tras un acto de furiosa insensatez, empezó su extraño y efímero ascenso a la gloria literaria.
Necesitó cortarse un brazo para, transcurrido un año entero de mediocridad creativa, volver a recibir una mención (segundo puesto) en otro concurso, el prestigioso 'La habitación empapelada'. A la tercera vez que extirpó una parte de su ser, en este caso el hígado (del que surgió un largo poema que también resultó premiado), empezó a considerarse un artista con todas las letras, un auténtico genio propenso a recurrentes ataques de visceralidad. Y es que cada desprendimiento corporal al que se sometía desembocaba en un nuevo escrito, todos ellos calificados como alardes de arrojo y entrega. De modo que, mecido por la adulación, asumió lo que consideró su sino.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
lapieldorada

La piel dorada, de Carla Montero, un viaje a la Viena del siglo XX

Horribles asesinatos conmocionan Viena. Karl, inspector de policía, se hace cargo del caso. Los crímenes son idénticos al cometido cuatro años atrás contra la esposa del príncipe Hugo von Ebenthal. Éste, que ha vuelto a la ciudad, es el principal sospechoso.

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  • Escrito por MARINA GARCÍA

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