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Brújulas que buscan sonrisas perdidas, de Albert Espinosa

E. regresa a su pueblo para cuidar a su padre. Siente que no le debe nada, nunca ha sido bueno con él o con sus hermanos, pero que ha de hacerlo. Su padre, un famoso director de cine afectado de cáncer y también de alzheimer, lo confunde con uno de sus ayudantes, malditas enfermedades, y solicita su colaboración en un proyecto, un largometraje que únicamente existe en su cabeza. Pero el protagonista, lejos de rechazar el papel, acepta, sin saber que esa cinta que nunca se llegará a grabar, le traerá la paz que tanto ansía.

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  • Escrito por MARINA GARCÍA
trigalverde

Cuadernos (parte uno)

En clara huida del mundo, me recluí durante una temporada en un caserón perdido entre los montes, muy alejado de la ciudad donde siempre he vivido. La casa pertenecía a mi familia, por lo que no tuve problema a la hora de instalarme bajo su espartano y deshabitado techo. Llevaba décadas abandonada. No tenía electricidad y había que andar un kilómetro hasta el aljibe más próximo para abastecerse de agua. Sin embargo, nada de aquello me importó. Una tarde preparé llené de ropa la maleta, embalé unos cuantos libros y folios en blanco, y me trasladé hasta allí en coche. Por el camino paré a comprar algunas provisiones y un generador que esperaba enchufar al hornillo portátil. A su vez me hice con un foco de jardín que cumpliría la función de lámpara.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
ondina

Ondina, de Benjamin Lacombe: una leyenda, una joya

El príncipe Herr Hans de Ringstetten se ha perdido en la Selva Negra, un bosque oscuro y maldito, según cuentan. Pero el joven noble tiene la fortuna de encontrar al viejo Ulrich, quien le ofrece su humilde hogar para pasar la noche.

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  • Escrito por MARINA GARCÍA
Dog-grey

Cuadernos (y parte dos)

Eso dijo: conspiración y Cuadernos. Empezó a hablar y por un instante creí que jamás se callaría: "Bien sabes que durante una racha quise colaborar en la revista Cuadernos y allí se me vetó; le he dado muchas vueltas al asunto, he investigado y ya sé a ciencia cierta el porqué, y creo que tengo los documentos que me ayudarán a probar la conspiración". Me eché hacia adelante y le pedí calma, que se tranquilizase. El perro percibió mi inquietud y enveló las orejas. "Trabajaste allí, conoces a la gente de la redacción". "Hace demasiado que dejé la publicación, Fernando, apenas guardo relación con nadie de dentro", me excusé. Entonces Valverde aseguró que ésa era razón de más para que le ayudase, para que juntos sacásemos a la luz todas las miserias de la revista, para vengarnos. A mí me dio mucha pena oírlo. No pude evitar pensar en el conde de Montecristo, sólo que en su versión más patética y apocada.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE
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La otra mecanógrafa, de Suzanne Rindell: la historia de una obsesión

Nueva York, primer cuarto del siglo XX. La vida de Rose, la mecanógrafa de la comisaría del distrito de Lower East Side, transcurre sin sobresaltos. Sin embargo, la implantación de la Ley Seca y la llegada de una nueva compañera romperán su monótona vida. Y es que Odalie, la última en llegar al equipo, es como el alcohol prohibido: su pelo a lo garçon, sus conjuntos y complementos a la última moda y su elevado poder adquisitivo ejercen una poderosa atracción a la que sucumben todos los de la comisaría, pero de un modo especial la protagonista de esta novela.

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  • Escrito por MARINA GARCÍA
mujerleyendo

Lecturas

Hace algún tiempo una grave lesión de espalda me obligó a pasar una larga temporada ingresado en el hospital. Al principio, recibía muchas visitas de familiares y amigos pero, a medida que mi estancia se prolongaba y no me concedían el alta, el número de interesados en mi estado de salud empezó a escasear y, finalmente, despareció por completo. Pasaba los días solo, tumbado en aquella cama. Apenas podía moverme a causa del dolor. Compartía habitación con un hombre de mi edad que se encontraba peor que yo, aunque no se quejaba. Para soportar los fuertes dolores se hallaba casi siempre sedado, por lo que dormía, no hacía otra cosa que dormir, mientras a mí me asfixiaba el aire condensado entre esas blancas paredes.

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  • Escrito por EL PERIODISTA SALVAJE

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